GERMANTOWN, PA (Crónica) — La historia no es solo el registro de fechas pasadas; es la verdad que se ha mantenido encendida durante centurias de lucha, perseverancia y convicción. Al contemplar los más de 300 años de trayectoria de la Iglesia de los Hermanos (Church of the Brethren), no vemos una institución estática, sino un movimiento dinámico que ha sobrevivido guerras, cismas y cambios culturales sin perder su esencia.
Para abrazar verdaderamente una identidad en el presente, es imperativo conocer la fuente: de dónde nace este movimiento, cuál es su teología y qué fuego encendió a los primeros creyentes. Conocer esta trascendencia es entender cómo una pequeña comunidad desafió el status quo para seguir el legado de Jesús con pasión y sacrificio.
Las bases de la fe Brethren no son monolíticas; se sostienen sobre dos pilares gigantescos que, al unirse, crearon algo único en la historia del cristianismo.
Por un lado, el Pietismo, que buscaba rescatar la fe de la frialdad dogmática para llevarla al calor del corazón, enfatizando una relación personal y vibrante con Dios. Por otro lado, el Anabautismo, que exigía que esa fe interna se manifestara en una obediencia externa radical: el rechazo a la violencia, la vida comunitaria y el bautismo consciente de creyentes.
Esta fusión teológica dio lugar a una búsqueda incesante de una "vida sencilla y pacífica". No se trataba de una simplicidad por falta de recursos, sino de una simplicidad elegida deliberadamente para despejar el camino hacia lo esencial: el amor y la misericordia en acción.
Si Europa fue la cuna, América fue el suelo fértil donde esta fe echó raíces profundas. Es imposible narrar esta historia sin transportar nuestra mirada a Germantown, Pennsylvania. Fue allí, en la Navidad de 1723, donde la historia cobró forma tangible en el Nuevo Mundo.
Bajo el techo de Peter Becker, y posteriormente en las aguas heladas del arroyo Wissahickon, se organizó la primera congregación y se realizaron los primeros bautismos en suelo americano. Germantown no es solo un punto geográfico; es el testimonio de que la fe migrante puede florecer. Venir a Germantown —física o espiritualmente— es reconocer 300 años de historia ininterrumpida, honrando a aquellos pioneros que participaron primero y abrieron brecha en medio de la incertidumbre.
Más allá de las estructuras, la Iglesia de los Hermanos se define por su obstinada insistencia en seguir a Jesús tal como se revela en el Nuevo Testamento. Esta no es una fe de "domingo", sino una de "lunes a sábado".
El legado que se transmite es uno de pasión por la justicia y sacrificio por el prójimo. A través de los siglos, los Hermanos han entendido que amar a Jesús es sinónimo de lavar los pies al cansado, alimentar al hambriento y trabajar por la paz en tiempos de guerra. La teología, para los Hermanos, se escribe mejor con las manos que con la pluma.
Al mirar hacia atrás, lo hacemos solo para tomar impulso hacia el futuro. La misión continúa con la misma urgencia que en 1708 o 1723. En un mundo fragmentado y solitario, el mensaje final de los Hermanos es una invitación radical a la comunidad.
La "Mesa del Señor" no es un club exclusivo para los perfectos; es un banquete de gracia. La proclama final de estos tres siglos es clara y contundente: hay lugar para todos en la mesa del Señor. Honremos a nuestros antecesores no repitiendo cenizas, sino manteniendo vivo el fuego de una fe que acoge, sirve y ama sin condiciones.