SCHWARZENAU, ALEMANIA (Retrospectiva) — En el verano de 1708, las aguas del río Eder en Schwarzenau no solo bautizaron a ocho refugiados religiosos; marcaron el nacimiento de un movimiento que, tres siglos después, sigue desafiando las estructuras tradicionales del cristianismo occidental. La Iglesia de los Hermanos (Church of the Brethren), nacida de la fusión radical entre el pietismo y el anabaptismo, ha tejido durante más de 300 años una identidad basada no en credos escritos, sino en la acción tangible.
A diferencia de las grandes denominaciones que cimentaron su poder en dogmas rígidos y jerarquías eclesiásticas, los Hermanos surgieron con una premisa disruptiva para el siglo XVIII: "El Nuevo Testamento es nuestra única regla de fe y práctica". Bajo el liderazgo inicial de Alexander Mack, este grupo —a menudo llamado "Hermanos Dunker" en sus inicios por su práctica de inmersión total— estableció pilares que hoy, en un mundo polarizado y violento, resuenan con renovada urgencia.
Quizás el rasgo más distintivo de los Hermanos es su inquebrantable Testimonio de Paz. Reconocida históricamente como una de las tres "Iglesias de Paz" (junto a los cuáqueros y los menonitas), la denominación ha sostenido que la guerra es totalmente contraria a la voluntad de Dios y a las enseñanzas de Cristo.
Desde la negativa a portar armas en la Guerra de Independencia de los Estados Unidos hasta el activismo moderno por la objeción de conciencia y la justicia social, los Hermanos han pagado a menudo un alto precio social por su postura de "no resistencia". Sin embargo, esta creencia no es pasiva; se traduce en una diplomacia de reconciliación preventiva, buscando resolver conflictos antes de que estalle la violencia.
La teología de los Hermanos es un híbrido fascinante. Del Pietismo heredaron el énfasis en la experiencia personal, la calidez de la devoción y la necesidad de una conversión del corazón. Del Anabaptismo, tomaron la disciplina comunitaria, el rechazo al bautismo infantil (abogando por el bautismo de creyentes conscientes) y el concepto de discipulado radical: seguir a Jesús en la vida cotidiana.
Esta mezcla evita que la fe se convierta en un mero intelectualismo o, por el contrario, en un misticismo aislado. Para un Hermano, la fe que no cambia la forma de vivir el lunes por la mañana, es una fe incompleta.
Mientras muchas iglesias centran su liturgia en el púlpito, los Hermanos la centran en la mesa. Su rito central no es solo la Eucaristía, sino la Fiesta del Amor (Love Feast), una recreación completa de la última cena que incluye el lavatorio de pies.
Este acto, donde los miembros se lavan los pies unos a otros sin distinción de rango social o económico, es la declaración política y teológica más potente del movimiento: en el Reino de Dios, el líder es el que sirve. Esta práctica ha mantenido a la iglesia horizontal, sencilla y enfocada en la fraternidad, evitando la excesiva clericalización.
"Continuar la obra de Jesús. Pacíficamente. Sencillamente. Juntos". Este lema moderno encapsula su cuarto pilar fundamental: el servicio. A nivel global, la Iglesia de los Hermanos es frecuentemente la primera en llegar y la última en irse en zonas de desastre, no para hacer proselitismo agresivo, sino para reconstruir. Programas como el Brethren Volunteer Service han enviado a miles de jóvenes y adultos a servir en proyectos de agricultura, salud y educación alrededor del mundo, validando su fe a través del sudor y la ayuda humanitaria.
A más de 300 años de aquel primer bautismo en Alemania, la Iglesia de los Hermanos navega los retos de la modernidad sin soltar su ancla histórica. En una era de individualismo feroz, su insistencia en la comunidad es contracultural. En tiempos de guerra, su voz de paz es necesaria.
No se trata de una iglesia de multitudes ni de espectáculos mediáticos, sino de una influencia silenciosa y constante, que recuerda al mundo que existe "otra forma de vivir": una donde la sencillez, la paz y el servicio son la máxima expresión de la ortodoxia.